A medida que la máquina se perfecciona y realiza el trabajo del hombre con una rapidez y exactitud siempre crecientes, el trabajador, en vez de prolongar sus antiguos tiempos de descanso, redobla su ardor, como si quisiera competir con la máquina. ¡Oh, absurda y homicida competencia!
Para que la competencia del hombre y de la máquina pudiera seguir su curso libre, los proletarios abolieron las sabias leyes que limitaban el trabajo de los artesanos de los antiguos gremios; suprimieron los días festivos. [1]
Porque los productores de aquella época trabajaban solo cinco días de cada siete, ¿vamos a creer los cuentos contados por los economistas mentirosos de que vivían solo de aire y agua fresca? No es así, tenían tiempo libre para saborear las alegrías de la tierra, para hacer el amor y retozar, para banquetear alegremente en honor del jovial dios de la ociosidad.
La sombría Inglaterra, inmersa en el protestantismo, era llamada entonces «la alegre Inglaterra».
Rabelais, Quevedo, Cervantes y los autores anónimos de los romances hacen que se nos haga la boca agua con sus descripciones de aquellos banquetes monumentales [2] con los que los hombres de aquel tiempo se regalaban entre dos batallas y dos devastaciones, en los que todo «transcurría a base de barricas».
Jordaens y la escuela flamenca han contado la historia de estos festines en sus deliciosos cuadros.
¿Dónde, oh, dónde están los sublimes y gargantuescos estómagos de aquellos días; dónde están los sublimes cerebros que abarcaban todo el pensamiento humano?