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nydus/The Right to Be LazyPublic
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Capítulo III Las consecuencias de la sobreproducción

Sudán. Siguen con ansiedad los progresos de Livingstone, Stanley, Du Chaillu; escuchan boquiabiertos los maravillosos relatos de estos valientes viajeros. ¡Qué maravillas desconocidas encierra el «continente negro»! Los campos están sembrados de colmillos de elefante, los ríos de aceite de coco están salpicados de oro, millones de traseros, tan desnudos como los rostros de Dufaure y Girardin, esperan telas de algodón para aprender el decoro, y botellas de aguardiente y Biblias de las que aprender las virtudes de la civilización.

Pero todo en vano: el capitalista sobrealimentado, la clase de criados más numerosa que la clase productiva, las naciones extranjeras y bárbaras, atiborradas de mercancías europeas; nada, nada puede fundir las montañas de productos amontonados más alta y enormemente que las pirámides de Egipto. La productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo desperdicio.

Los fabricantes han perdido el norte y no saben por dónde tirar. Ya no encuentran la materia prima para satisfacer la depravada y desenfrenada pasión de sus obreros por el trabajo.

En nuestras comarcas laneras, los trapos sucios y medio podridos se deshilachan para usarse en la fabricación de ciertos paños vendidos bajo el nombre de renacimiento, que tienen más o menos la misma durabilidad que las promesas hechas a los electores.

En Lyon, en vez de dejar la fibra de seda en su sencillez y flexibilidad naturales, se la carga con sales minerales que, al tiempo que aumentan su peso, la vuelven quebradiza y poco duradera.

Todos nuestros productos son adulterados para favorecer su venta y acortar su vida. Nuestra época será llamada la «Era de la adulteración», así como las primeras épocas de la humanidad recibieron los nombres de «Edad de Piedra», «Edad de Bronce», por el carácter de su producción.

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