los prejuicios económicos aún no han extirpado el odio al trabajo. España, que, ay, está degenerando, aún puede ufanarse de poseer menos fábricas que nosotros de prisiones y cuarteles; pero el artista se regocija al admirar al altivo andaluz, moreno como sus castañas nativas, derecho y flexible como una varilla de acero; y el corazón salta al oír al mendigo, soberbiamente embozado en su rota capa, parlamentando de igual a igual con el duque de Osuna. Para el español, en quien el animal primitivo no ha sido atrofiado, el trabajo es la peor clase de esclavitud. [2] Los griegos en su época de grandeza solo sentían desprecio por el trabajo: a sus esclavos únicamente se les permitía laborar; el hombre libre solo conocía los ejercicios para el cuerpo y la mente. Y así fue en esta época cuando hombres como Aristóteles, Fidias, Aristófanes se movían y respiraban entre el pueblo; fue el tiempo en que un puñado de héroes en Maratón aplastó a las hordas de Asia, pronto conquistadas por Alejandro. Los filósofos de la antigüedad enseñaron el desprecio por el trabajo, esa degradación del hombre libre; los poetas cantaron a la ociosidad, ese don de los Dioses:
O Melibae, deus nobis haec otia fecit.
Jesús, en su Sermón del Monte, predicó la ociosidad:
«Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan, ni hilan; y os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno ellos».
Jehová, el dios barbudo y colérico, dio a sus fieles el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansa por toda la eternidad.
Por otra parte, ¿cuáles son las razas para las cuales el trabajo es una necesidad orgánica? Los auverneses;