Gambetta discurrirá sobre política exterior y sobre la pequeña Grecia, que le hace doctor y prendería fuego a Europa para robarle a Turquía; sobre la gran Rusia que lo atonta con el picadillo que promete hacer de Prusia y que bien quisiera ver la marimorena en el occidente de Europa para hacer su agosto en el oriente y estrangular el nihilismo en su propia casa; sobre el señor Bismarck, que tuvo a bien permitirle pronunciarse sobre la amnistía... después, descubriendo su montañosa panza untada de rojo, blanco y azul, los tres colores nacionales, tocará en ella el redoble y enumerará los delicados pajarillos, las trufas y las copas de Margaux y Yquem que se ha tragado para fomentar la agricultura y mantener de buen humor a sus electores de Belleville.
En el barracón, el espectáculo se abrirá con la +Farsa electoral+.
En presencia de los electores con cabezas de madera y orejas de asno, los candidatos burgueses, disfrazados de payasos, bailarán la danza de las libertades políticas, limpiándose por delante y por detrás con sus programas electorales de generosas promesas, y hablando con lágrimas en los ojos de las miserias del pueblo y con voz de bronce de las glorias de Francia.
Luego las cabezas de los electores rebuznarán sólidamente a coro, ¡jiiii-ján! ¡jiiii-ján!
Entonces comenzará la gran obra, El robo de los bienes de la nación.
La Francia capitalista, una hembra enorme, de rostro peludo y calva, gorda, fofa, hinchada y pálida, con los ojos hundidos, somnolienta y bostezando, se estira sobre un diván de terciopelo.
A sus pies, el Capitalismo industrial, un organismo gigantesco de hierro, con máscara de simoide, devora maquinalmente a hombres, mujeres y niños, cuyos gritos estremecedores y desgarradores llenan el aire; el banco, con hocico de marta, cuerpo de hiena y manos de arpía, saca ágilmente monedas de su bolsillo.