Introducid el trabajo fabril, y adiós a la alegría, la salud y la libertad; adiós a todo lo que hace que la vida sea hermosa y digna de ser vivida. [4]
Y los economistas siguen repitiendo a los obreros: «Trabajad, para aumentar la riqueza social», y sin embargo, un economista, Destutt de Tracy, responde: «Es en las naciones pobres donde los habitantes se sienten cómodos; en las ricas son ordinariamente pobres»; y su discípulo Cherbuliez continúa: «Los propios trabajadores, al cooperar en la acumulación del capital productivo, contribuyen al acontecimiento que tarde o temprano debe privarles de una parte de su salario».
Pero ensordecidos y estupidizados por sus propios alaridos, los economistas responden: «Trabajad, trabajad siempre, para crear vuestra prosperidad», y en nombre de la mansedumbre cristiana un sacerdote de la Iglesia anglicana, el reverendo Townshend, entona: Trabajad, trabajad, noche y día. Trabajando hacéis que vuestra miseria aumente y vuestra miseria nos exime de imponeros el trabajo mediante la fuerza de la ley.
La imposición legal del trabajo «da demasiado trabajo, requiere demasiada violencia y hace demasiado ruido. El hambre, por el contrario, no es solo una presión pacífica, silenciosa e incesante, sino que, siendo el móvil más natural para el trabajo y la industria, provoca también los más potentes esfuerzos».
Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la riqueza social y vuestra miseria individual; trabajad, trabajad para que, volviéndoos más pobres, tengáis más motivos para trabajar y ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.
Porque, prestando oído a las palabras falaces de los economistas, los proletarios se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo; precipitan a la sociedad entera en esas crisis industriales de sobreproducción que convulsionan el organismo social. Entonces, como hay un exceso de mercancías y una escasez de compradores, las tiendas se cierran y el hambre azota a los trabajadores con su látigo de mil pestañas.