Escuchadlos y se diría que la felicidad iba a reinar pronto sobre la tierra, que su advenimiento ya se divisaba. Rebuscaron en el polvo de los siglos pasados para traer de vuelta las miserias feudales con el fin de que sirvieran de sombrío contraste a las delicias de los tiempos actuales. ¿Nos habrán cansado, esta gente satisfecha, ayer pensionistas a la mesa de la nobleza, hoy lacayos de pluma de la clase capitalista y ricamente pagados? ¿Nos habrán creído hartos del campesino, tal como lo describió La Bruyère? Pues bien, he aquí el brillante cuadro de las delicias proletarias en el año de progreso capitalista de 1840, trazado por uno de los suyos, el doctor Villermé, miembro del Instituto, el mismo que en 1848 formaba parte de aquella sociedad científica (en la que estaban Thiers, Cousin, Passy, Blanqui el académico), que difundía entre las masas las necedades de la economía y la moral burguesas.
Es de la Alsacia manufacturera de quien habla el Dr. Villermé, –la Alsacia de Kestner y Dollfus, esas flores de la filantropía y el republicanismo industrial. Pero antes de que el doctor nos presente su cuadro de las miserias proletarias, escuchemos a un fabricante alsaciano, el Sr. Th. Mieg, de la casa Dollfus, Mieg & Cía., describiendo la condición del artesano de antaño: > «En Mulhouse, hace cincuenta años (en 1813, cuando la industria mecánica moderna apenas surgía), los obreros eran todos hijos de la tierra, habitantes de la ciudad y de los pueblos circundantes, y casi todos poseedores de una casa y a menudo de un pequeño campo». [2] Era la edad de oro del obrero. Pero en esa época la industria alsaciana no inundaba el mundo con sus algodones, ni hacía millonarios a sus Dollfus y Koechlin. Sin embargo, veinticinco años después, cuando Villermé visitó Alsacia, el Minotaur moderno, el taller capitalista,