Un poeta griego de la época de Cicerón, Antípatro, cantó así a la invención del molino de agua (para moler grano), que iba a liberar a las mujeres esclavas y a hacer retornar la Edad de Oro:
«Ahorrad el brazo que hace girar la piedra del molino, oh, molineros, y dormid en paz. ¡Que el gallo os avise en vano de que el día amanece! Deméter ha impuesto a las ninfas el trabajo de las esclavas, y vedlas saltar alegremente sobre la rueda, y ved el eje, sacudido, girar con sus radios y hacer rodar la pesada piedra. Vivamos la vida de nuestros padres y gocemos en el ocio de los dones que la diosa nos concede».
¡Ay! El ocio que el poeta pagano anunciaba no ha llegado. La pasión ciega, perversa y homicida por el trabajo transforma la máquina liberadora en un instrumento para la esclavización de los hombres libres. Su productividad los empobrece.
Una buena labradora hace con sus agujas solo cinco mallas por minuto, mientras que ciertas máquinas de tejer circulares hacen 30.000 en el mismo tiempo. Cada minuto de la máquina equivale, por tanto, a cien horas de trabajo de la obrera, o dicho de otro modo, cada minuto de labor de la máquina le otorga a la obrera diez días de descanso. Lo que es verdad para la industria del punto lo es más o menos para todas las industrias reconstruidas por la maquinaria moderna. ¿Pero qué es lo que vemos?