había conquistado el país; en su insaciable apetito de trabajo humano, había arrastrado a los obreros lejos de sus hogares, para extorsionarlos mejor y exprimirles el trabajo que contenían. Era por millares que los trabajadores acudían en masa a la señal del silbato de
Un gran número, –dice Villermé–, cinco mil de diecisiete mil, se veían obligados por los altos alquileres a alojarse en pueblos vecinos. Algunos de ellos vivían a tres o cuatro millas de la fábrica donde trabajaban.
En Mulhouse, en Dornach, el trabajo comenzaba a las cinco de la mañana y terminaba a las ocho de la tarde, verano e invierno. Era todo un espectáculo verlos llegar cada mañana a la ciudad y marchar cada tarde.
Entre ellos había una multitud de mujeres, pálidas, que a menudo caminaban descalzas por el lodo y que, a falta de paraguas cuando caía la lluvia o la nieve, llevaban los delantales o las faldas levantados sobre la cabeza.
Había un número aún mayor de niños pequeños, igualmente sucios, igualmente pálidos, cubiertos de harapos, grasientos por el aceite de las máquinas que les cae encima mientras trabajan. Estaban mejor protegidos de la lluvia porque sus ropas repelían el agua; pero a diferencia de las mujeres recién mencionadas, no llevaban las provisiones del día en una cesta, sino que llevaban en las manos o escondían bajo la ropa como buenamente podían, el trozo de pan que debía servirles de alimento hasta la hora de regresar a casa.
Así a la tensión de una jornada insoportablemente larga —al menos quince horas— se añade para estos desdichados la fatiga de los penosos trayectos diarios. En consecuencia, llegan a casa abrumados por la necesidad de dormir, y al día siguiente se levantan antes de estar completamente descansados para llegar a la fábrica a la hora de apertura.
Ahora, mirad los agujeros en los que se alojaban aquellos que vivían en la ciudad: