Protegen a los capitalistas contra la furia popular que los condenaría a diez horas de mina o de hilatura. Además, al comprimir su propio estómago, la clase obrera ha desarrollado anormalmente el estómago de la clase capitalista, condenada al sobreconsumo.
Para el alivio de su penoso trabajo, la clase capitalista ha retirado de la clase trabajadora a una masa de hombres muy superior a la que aún se dedica a la producción útil y los ha condenado a su vez a la improductividad y al sobreconsumo.
Pero esta tropa de bocas inútiles, a pesar de su insaciable voracidad, no basta para consumir todas las mercancías que los obreros, embrutecidos por el dogma del trabajo, producen como locos, sin querer consumirlas y sin pensar siquiera si se encontrará gente para consumirlas.
Confrontados con esta doble locura de los obreros que se matan con la sobreproducción y vegetan en la abstinencia, el gran problema de la producción capitalista ya no es encontrar productores y multiplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias. Puesto que los obreros europeos, tiritando de frío y de hambre, se niegan a llevar las telas que tejen, a beber los vinos de los viñedos que cuidan, los pobres fabricantes, en su bondad de corazón, deben correr a los confines de la tierra para encontrar gente que use la ropa y beba los vinos: Europa exporta todos los años mercancías por valor de miles de millones de dólares a los cuatro puntos cardinales, a naciones que no las necesitan. [5] Pero los continentes explorados ya no son lo suficientemente vastos. Se necesitan países vírgenes. Los fabricantes europeos sueñan día y noche con África, con un lago en el desierto del Sáhara, con un ferrocarril al