que, dados los medios modernos de producción y su ilimitado poder reproductivo, es necesario frenar la extraviada pasión de los obreros por el trabajo y obligarles a consumir las mercancías que producen.
Notas a pie de página
[1] En el primer Congreso de Beneficencia celebrado en Bruselas en 1817, uno de los fabricantes más ricos de Marquette, cerca de Lille, el señor Scrive, ante los aplausos de los miembros del congreso declaró con la noble satisfacción de un deber cumplido:
“Hemos introducido ciertos métodos de diversión para los niños. Les enseñamos a cantar durante el trabajo, así como a contar mientras trabajan”.
¡Eso los distrae y les hace aceptar valientemente “esas doce horas de trabajo que son necesarias para procurarse los medios de subsistencia”! ¡Doce horas de trabajo, y semejante trabajo, impuesto a niños menores de doce años! Los materialistas siempre lamentarán que no exista un infierno en el que recluir a estos asesinos filántropos cristianos de la infancia.
[2] Discurso pronunciado ante la Sociedad Internacional de Estudios Prácticos de Economía Social, en París, en mayo de 1863, y publicado en el Economista francés de la misma época.
[3] L.R. Villermé. Tableau de L'état physique et moral des ouvriers dans les fabriques de coton, de laine et de soie (1840). > No es porque Dollfus, Koechlin y otros fabricantes alsacianos fueran republicanos, patriotas y filántropos protestantes por lo que trataron a sus obreros de este modo, pues Blanqui, el académico, Reybaud, el