Los proletarios, aburguesados por el dogma del trabajo, no comprendiendo que el exceso de trabajo que se han infligido a sí mismos durante la época de la pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente, no corren a los graneros de trigo y gritan:
«Tenemos hambre, queremos comer. Es verdad que no tenemos ni un céntimo, pero, mendigos como somos, somos nosotros, sin embargo, quienes cosechamos el trigo y recolectamos las uvas».
Ellos no sitian los almacenes de Bonnet, o de Jujurieux, el inventor de los conventos industriales, y claman: > «Sr. Bonnet, aquí están sus obreras, trabajadoras de la seda, hilanderas, tejedoras; tiemblan lastimosamente bajo sus vestidos de algodón remendado, y sin embargo son ellas quienes han hilado y tejido los vestidos de seda de las mujeres elegantes de toda la cristiandad. Las pobres criaturas, que trabajan trece horas al día, no tuvieron tiempo de pensar en su tocado. Ahora están sin trabajo y tienen tiempo de crujir con las sedas que han fabricado. Desde que perdieron los dientes de leche se han consagrado a su fortuna y han vivido en la abstinencia. Ahora tienen tiempo libre y desean disfrutar un poco de los frutos de su trabajo. Vamos, Sr. Bonnet, entrégueseles sus sedas; el Sr. Harmel proveerá sus muselinas, el Sr. Pouyer-Quertier sus indianas, el Sr. Pinet sus botas para sus queridos piececitos, fríos y húmedos. Vestidas de pies a cabeza y jubilosas, será un deleite mirarlas. Vamos, nada de evasivas, usted es un amigo de la humanidad, ¿no es así, y además un cristiano? Ponga a disposición de sus muchachas obreras la fortuna que ellas le han construido con su carne; quiere usted activar los negocios, poner