las fatigas impuestas a los obreros de las minas de azufre; todo capitalista se atiborra de capones trufados y de los vinos más selectos con objeto de animar a los criadores de aves de raza y a los viticultores bordeleses. En este oficio el organismo se arruina con rapidez, se cae el pelo, las encías se retraen de los dientes, el cuerpo se deforma, el estómago sobresale anormalmente, la respiración se vuelve difícil, los movimientos se hacen pesados, las articulaciones se anquilosan, los dedos se anudan.
Otros, demasiado débiles de cuerpo para soportar las fatigas del libertinaje, pero dotados de la protuberancia de la discriminación filantrópica, se secan el cerebro con la economía política o la filosofía jurídica elaborando gruesos libros soporíferos para ocupar las horas de ocio de los compositores y de los impresores.
Las mujeres elegantes llevan una vida de martirio, probándose y luciendo los vestidos de hadas en cuya confección las costureras se dejan la vida. Van y vienen como lanzaderas desde la mañana hasta la noche de un vestido a otro.
Durante horas enteras entregan sus huecas cabezas a los peluqueros, quienes a toda costa insisten en calmar su pasión por la construcción de postizos. Oprimidas en sus corsés, embutidas en sus botas, con un escote capaz de hacer sonrojar a un minero, dan vueltas durante toda la noche en sus bailes de caridad para recaudar unos cuantos centavos para los pobres, ¡almas santificadas!
Para cumplir con su doble función social de no productor y supraconsumidor, el capitalista no solo se vio obligado a violentar sus modestos gustos, a perder sus laboriosos hábitos de hace dos siglos y a entregarse al lujo desenfrenado, a los manjares picantes y indigestos y a los burdeles sifilíticos, sino también a apartar del trabajo productivo a una masa enorme de hombres para alistarlos como sus asistentes.