su mercancía en circulación: he aquí consumidoras listas a la mano. Conédales crédito ilimitado. Está usted obligado sencillamente a dar crédito a comerciantes a los que no conoce de nada, que no le han dado nada, ni siquiera un vaso de agua. Sus obreras pagarán la deuda lo mejor que puedan. Si al vencimiento dejan protestar sus pagarés, y si no tienen nada que embargar, usted podrá exigirles que le paguen con oraciones. Ellas lo enviarán al paraíso mejor que sus curas de sotana negra empapados de
En lugar de aprovechar los períodos de crisis para una distribución general de sus productos y unas vacaciones universales, los obreros, muriéndose de hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas de los talleres.
Con rostros pálidos, cuerpos demacrados, discursos lastimeros, asaltan a los fabricantes:
«Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, dadnos trabajo; no es el hambre, sino la pasión por el trabajo lo que nos atormenta».
Y estos miserables, que apenas tienen fuerzas para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de trabajo dos veces más barato que cuando tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria se aprovechan de sus paros forosos para fabricar a menor costo.
Si las crisis industriales siguen a los períodos de sobretrabajo tan inevitablemente como la noche sigue al día, trayendo consigo cierres patronales y miseria sin fin, también conducen a la quiebra inevitable. Mientras el fabricante tiene crédito, da rienda suelta a la furia por trabajar. Toma prestado, y vuelve a pedir prestado, para suministrar materia prima a sus obreros, y sigue produciendo sin considerar que el