Domésticos
1.208.648
“Si sumamos a los trabajadores textiles y a los mineros, obtenemos la cifra de 2.208.442; si al primero de estos grupos le sumamos el de los metalúrgicos, tenemos un total de 1.039.605 personas; es decir, en ambos casos una cantidad inferior a la de los esclavos domésticos modernos. He aquí el magnífico resultado de la explotación capitalista de las máquinas”. [3]
A esta clase de sirvientes, cuyo volumen indica el grado alcanzado por la civilización capitalista, hay que añadir todavía la enorme clase de desafortunados consagrados exclusivamente a satisfacer los gustos vanos y caros de las clases ricas: talladores de diamantes, encajeras, bordadoras, encuadernadores de libros de lujo, costureras empleadas en vestidos caros, decoradores de villas, etc. [4]
Una vez instalada en la pereza absoluta y desmoralizada por el goce forzoso, la clase capitalista, a pesar del perjuicio que entrañaba su nuevo modo de vida, se adaptó a él.
Pronto empezó a mirar cualquier cambio con horror. El espectáculo de las miserables condiciones de vida aceptadas con resignación por la clase trabajadora y la visión de la degradación orgánica engendrada por la depurada pasión por el trabajo aumentaron su aversión a todo trabajo obligatorio y a toda restricción de sus placeres.
Es precisamente en esa época cuando, sin tener en cuenta la desmoralización que la clase capitalista se había impuesto como un deber social, a los proletarios se les metió en la cabeza infligir el trabajo a los capitalistas. Ingenuos como eran, se tomaron en serio las teorías del trabajo proclamadas por los economistas y moralistas, y se ciñeron los