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nydus/The Right To Be Lazy (1883)Public
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Capítulo III Las consecuencias de la sobreproducción

En verdad nos hemos vuelto enclenques y degenerados. Carne embalsamada, patatas, vino adulterado y aguardiente prusiano, combinados juiciosamente con el trabajo obligatorio, han debilitado nuestros cuerpos y estrechado nuestras mentes.

Y los tiempos en que el hombre encoge su estómago y la máquina amplía su producción son precisamente aquellos en los que los economistas nos predican la teoría malthusiana, la religión de la abstinencia y el dogma del trabajo. En verdad, sería mejor arrancarles tales lenguas y echárselas a los perros.

Porque la clase trabajadora, con su sencilla buena fe, se ha dejado así indoctrinar, porque con su impetuosidad nativa se ha lanzado ciegamente al trabajo y a la abstinencia, la clase capitalista se ha visto condenada a la pereza y al disfrute forzado, a la improductividad y al consumo excesivo.

Pero si el exceso de trabajo del obrero lacera su carne y tortura sus nervios, también resulta fecundo en dolores para el capitalista.

La abstinencia a la que se condena a sí misma la clase productora obliga a los capitalistas a entregarse al sobreconsumo de los productos lanzados tan desordenadamente por los obreros.

Al comienzo de la producción capitalista, hace uno o dos siglos, el capitalista era un hombre prudente, de hábitos razonables y pacíficos.

Se conformaba con una sola esposa, poco más o menos.

Solo bebía cuando tenía sed y solo comía cuando tenía hambre.

Dejaba a los lores y damas de la corte las nobles virtudes del libertinaje.

Hoy todo hijo de nouveau riche se impone el deber de cultivar la enfermedad para la cual el azufre es un específico, con objeto de justificar

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