los escoceses, esos auverneses de las Islas Británicas; los gallegos, esos auverneses de España; los pomeranos, esos auverneses de Alemania; los chinos, esos auverneses de Asia. En nuestra sociedad, ¿cuáles son las clases que aman el trabajo por el trabajo mismo? Los campesinos propietarios, los pequeños tenderos; los primeros doblados sobre sus campos, los segundos agazapados en sus tiendas, cavan como el topo en su galería subterránea y jamás se enderezan para mirar la naturaleza a su antojo.
Y entre tanto el proletariado, la gran clase que abarca a todos los productores de las naciones civilizadas, la clase que al emanciparse emancipará a la humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre, – el proletariado, traicionando sus instintos, despreciando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo.
Ruda y terrible ha sido su castigo. Todos sus dolores individuales y sociales nacen de su pasión por el trabajo.
Notas a pie de página
[1] Los exploradores europeos se detienen maravillados ante la belleza física y el porte orgulloso de los hombres de las razas primitivas, no mancillados por lo que Poeppig llama «el aliento venenoso de la civilización». Hablando de los aborígenes de las islas oceánicas, lord George Campbell escribe: «No hay un pueblo en el mundo que cause una impresión más favorable a primera vista. Su piel tersa de un tinte cobrizo claro, su cabello dorado y rizado, sus rostros hermosos y felices, en una palabra, toda su persona constituía un nuevo y espléndido espécimen del “genus homo”; su aspecto físico daba la impresión de una raza superior a la nuestra».