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nydus/The Right To Be Lazy (1883)Public
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Capítulo III Las consecuencias de la sobreproducción

lomos para infligir la práctica de estas teorías a los capitalistas. El proletariado izó la bandera: «El que no quiera trabajar, tampoco comerá». Lyon, en 1831, se alzó por balas o trabajo. Los obreros federados de marzo de 1871 llamaron a su levantamiento «La Revolución del Trabajo».

A estos estallidos de furia bárbara destructores de toda alegría y pereza capitalistas, los capitalistas no tuvieron otra respuesta que la represión feroz, pero saben que si han podido reprimir estas explosiones revolucionarias, no han ahogado en la sangre de estas masacres gigantescas la idea absurda del proletariado que desea infligir trabajo a las clases ociosas y honorables, y es para evitar esta desgracia que se rodean de guardias, policías, magistrados y carceleros, mantenidos en una improductividad laboriosa.

Ya no hay lugar para la ilusión en cuanto a la función de los ejércitos modernos. Se mantienen permanentemente solo para reprimir al «enemigo interior».

Así, los fuertes de París y Lyon no han sido construidos para defender la ciudad contra el extranjero, sino para aplastarla en caso de revuelta.

Y si se pide un ejemplo irrefutable, mencionamos al ejército de Bélgica, ese paraíso del capitalismo. Su neutralidad está garantizada por las potencias europeas y, sin embargo, su ejército es uno de los más fuertes en proporción a su población.

Los gloriosos campos de batalla del valiente ejército belga son las llanuras del Borinage y de Charleroi. Es en la sangre de los mineros y obreros desarmados donde los oficiales belgas templan sus espadas y ganan sus entorchados.

Las naciones de Europa no tienen ejércitos nacionales sino ejércitos mercenarios.

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