Hordas de proletarios miserables, demacrados y en harapos, escoltados por gendarmes con sables desenvainados, perseguidos por furias que los azotan con látigos de hambre, traen a los pies de la Francia capitalista montones de mercancías, barricas de vino, sacos de oro y trigo.
Langlois, con los calzones en una mano, el testamento de Proudhon en la otra y el libro del presupuesto nacional entre los dientes, está acampado a la cabeza de los defensores de la propiedad nacional y monta guardia.
Cuando los obreros, golpeados con culatas de fusil y pinchados con bayonetas, han depositado sus cargas, son alejados a empujones y se abre la puerta a los industriales, comerciantes y banqueros. Se abalanzan en tropel sobre el montón, devorando piezas de algodón, sacos de trigo, lingotes de oro, vaciando barriles de vino. Cuando lo han devorado todo cuanto han podido, se desploman, objetos inmundos y repugnantes en su inmundicia y sus vómitos.
Luego estalla el trueno, la tierra tiembla y se abre, surge el Destino Histórico, con su pie de hierro aplasta las cabezas de los capitalistas, hipando, tambaleándose, cayendo, incapaces de huir. Con su amplia mano derriba a la Francia capitalista, atónita y sudando de miedo.
Si, arrancando de su corazón el vicio que la domina y degrada su naturaleza, la clase obrera se alzara con su terrible fuerza, no para reclamar los Derechos del Hombre, que no son más que los derechos de la explotación capitalista, no para reclamar el Derecho al Trabajo, que no es más que el derecho a la miseria, sino para forjar una ley de bronce que prohíba a todo hombre trabajar más de tres horas al día, la tierra, la vieja tierra, temblando de alegría sentiría agitarse en su seno un nuevo universo.
Pero ¿cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución varonil...