de democracias blancas libres, una política de federación informal, de descentralización, que no entraña una tensión apreciable para las facultades gubernamentales de Gran Bretaña. Dicha federación, ya sea que permanezca informal con el leve apego de la soberanía imperial que ahora existe, o que adopte voluntariamente alguna forma más formal, política o financiera, bien puede considerarse una fuente de fortaleza, tanto política como militar.
El imperialismo es la antítesis misma de esta conexión colonial libre y saludable, ya que propicia, como siempre lo hace, mayores complicaciones en la política exterior, una mayor centralización del poder y una congestión de asuntos que amenaza constantemente con absorber y sobrecargar la capacidad del gobierno parlamentario.
La verdadera naturaleza política del Imperialismo se observa mejor al confrontarla con las consignas de progreso aceptadas a mediados del siglo XIX por los hombres moderados de ambos grandes partidos del Estado, aunque con interpretaciones que variaban en grado: paz, economía, reforma y autogobierno popular.
Aun ahora no hallamos un abandono formal de los principios de gobierno que estos términos expresan, y un amplio sector de los autodenominados liberales cree o afirma que el Imperialismo es compatible con el mantenimiento de todas estas virtudes.
Esta tesis, sin embargo, se ve desmentida por los hechos. Las décadas de imperialismo han sido pródigas en guerras; la mayoría de estas guerras han estado motivadas directamente por la agresión de las razas blancas contra las «razas inferiores», y han desembocado en la toma por la fuerza de territorios. Cada uno de los pasos de expansión en África, Asia y el Pacífico ha venido acompañado de derramamiento de sangre; cada potencia imperialista mantiene un ejército cada vez mayor disponible para el servicio exterior; la rectificación de fronteras, las