entrenamiento militar, las clases trabajadoras cualificadas perderán más debido al aplastamiento de la iniciativa individual que el militarismo profesional siempre conlleva.
En un momento en que el llamamiento a la iniciativa libre y audaz, a la empresa individual y al ingenio en la asimilación de los últimos conocimientos científicos y técnicos para las artes de la industria, para una mejor organización y métodos de empresa, se vuelve más urgente para permitirnos mantener nuestra posición en la nueva competencia del mundo; en un momento así, someter a la juventud de nuestra nación al sistema de cuartel, o a cualquier forma de instrucción militar efectiva, sería un verdadero suicidio.
De nada sirve replicar que algunos de nuestros más acérrimos competidores comerciales, notablemente Alemania, ya están cargados con este peso; la respuesta es que, si apenas podemos mantenernos a la altura de Alemania mientras ella soporta esta carga, le entregaremos una fácil victoria si asumimos una todavía más pesada.
Cualesquiera que sean las virtudes que los apologistas atribuyen a la disciplina militar, se admite que este entrenamiento no conduce a la eficiencia industrial. El coste económico del militarismo es, por tanto, doble: los gastos enormemente aumentados del ejército deben ser sufrfragados por un pueblo empobrecido.
Hasta ahora, he considerado el problema desde su vertiente estrictamente económica. Mucho más importantes son las consecuencias políticas del militarismo. Estas atacan la raíz misma de la libertad popular y de las virtudes cívicas ordinarias. Unas pocas reflexiones sencillas sirven para disipar los vapores sofísticos que se utilizan para crear un halo en torno a la vida del soldado. Respice finem.