por la que los civiles los evitan. En el juego de la vida no siguen las mismas reglas, y la consecuencia es una gran cantidad de malentendidos, hasta que finalmente el civil dice que no volverá a jugar con el Tommy. A los ojos de los soldados, la mentira, el robo, la embriaguez, el lenguaje grosero, etc., no son males en absoluto. Roban como urracas. En cuanto al lenguaje, solía pensar que el vocabulario del castillo de proa de un buque mercante era bastante malo, pero el de los Tommies, en cuanto a blasfemias, lo iguala con creces y, en cuanto a obscenidad, lo supera por mucho. Este departamento es una de sus especialidades. Trata la mentira con la misma amplia indulgencia. Mentir como un cosaco es una metáfora de lo más acertada. Inventa todo tipo de mentiras rebuscadas por el mero placer de inventarlas. El saqueo, de nuevo, es uno de sus placeres perpetuos. No solo el saqueo por beneficio, sino el saqueo por la pura diversión de la destrucción, etc.” [37]
La fidelidad de esta descripción se ve atestiguada por la simpatía que el escritor muestra hacia los atributos militares que acompañan y, en su opinión, atenuan estas infracciones de las normas civiles.
“¿Son el robo, la mentira, el pillaje y las conversaciones bestiales cosas muy malas? Si lo son, Tommy es un mal hombre. Pero, por una u otra razón, desde que llegué a conocerlo, he pensado un poco menos en la iniquidad de estas cosas que antes”.
Este juicio es en sí mismo un comentario sorprendente sobre el militarismo. El hecho de que sea emitido por un hombre de inquebrantable carácter y cultura constituye el testimonio más convincente de la influencia corruptora de la guerra.
A este testimonio informal puede añadirse la significativa evidencia de la Soldier’s Pocket-book de Lord Wolseley.