John A. Hobson
I
Si el imperialismo ya no puede considerarse como un destino ciego e inevitable, ¿es seguro que se pueda detener la expansión imperial como una línea de política pública deliberadamente elegida?
Hemos visto que está motivada, no por los intereses de la nación en su conjunto, sino por los de ciertas clases, que imponen dicha política a la nación en beneficio propio. El amalgama de fuerzas económicas y políticas que ejerce esta presión ha sido sometido a un riguroso análisis. Pero ¿acaso la detección de esta confederación de fuerzas perversas destruirá o disminuirá de algún modo su poder operativo? Pues este poder es el resultado natural de una teoría desacertada en nuestra política exterior. Dicha en palabras claras, la teoría es la siguiente: cualquier súbdito británico que decida, por su propio placer o beneficio privado, arriesgar su persona o su propiedad en el territorio de un Estado extranjero puede exigir a esta nación que lo proteja o lo vengue en caso de que él o su propiedad sufran daños, ya sea por parte del Gobierno o de cualquier habitante de dicho Estado extranjero. Ahora bien, esta es una doctrina peligrosa: * Pone la totalidad de los recursos militares, políticos y financieros de esta nación a disposición y a las órdenes de cualquier sociedad misionera que considere que tiene el deber peculiar de atacar