conduzca a este en algún momento. Afortunadamente, la eugenesia, por paradójico que parezca, es capaz de avanzar por todas estas vías a la vez; pues no propone ningún objetivo definido, no establece ninguna norma a la que pretenda hacer conformar a la raza humana. Tomando al hombre tal como lo encuentra, se propone multiplicar todos los tipos que la experiencia pasada o la razón presente han demostrado ser de mayor valor para la sociedad. No solo los multiplicaría en número, sino también en eficiencia, en capacidad para servir a la raza.
Al obrar así, cumple sin duda con los requisitos de esa filosofía popular que sostiene que el fin de la sociedad es la mayor felicidad para el mayor número, o más definidamente el aumento de la totalidad de la felicidad humana.
Hacer que no existan aquellos que estarían condenados desde su nacimiento a dar solo infelicidad a sí mismos y a quienes los rodean; aumentar el número de aquellos en quienes los rasgos físicos y mentales útiles están bien desarrollados; lograr un aumento en el número de altruistas enérgicos y una disminución en el número de los antisociales o defectuosos; seguramente semejante empresa se acercará más a incrementar la felicidad del mayor número que cualquier paliativo social temporal, cualquier ungüento para heridas sociales incurables.
Para quienes aceptan esa filosofía, puesta derelieve por Jeremy Bentham, John Stuart Mill, Herbert Spencer y una multitud de otros grandes pensadores, la eugenesia bien entendida debe parecer una necesidad primordial de la sociedad.
¿Pero puede alguna filosofía prescindir de la eugenesia? Tomemos a aquellos para quienes la popular filosofía de la felicidad parece un objetivo peligroso y para quienes el único objeto de la evolución que en el