La nación permaneció dividida en dos bandos hostiles, a los que no habría sido imposible calmar y reconciliar con el tiempo. Estos bandos volvieron a chocar, como lo predije en Verona en 1823, una lección sorprendente de la que nadie está dispuesto a aprovecharse en esa hermosa e infeliz tierra, aunque a la historia no le faltan ejemplos para demostrar que las reacciones violentas, al igual que las revoluciones, no son elementos con los que construir y consolidar.
Pluguiera a Dios que de este espantoso conflicto surgiera una monarquía fuerte y respetada, igualmente alejada de todos los bandos y basada tanto en un ejército disciplinado como en los intereses generales del país; una monarquía capaz de agrupar en su apoyo a esta incomprensible nación española, la cual, con méritos no menos extraordinarios que sus defectos, fue siempre un problema para quienes se hallaban en mejor posición para conocerla.