Por ejemplo, la doble contienda de Napoleón en 1809 contra Austria y España, ayudada por Inglaterra, fue un asunto muy diferente de un combate contra Austria asistida por una fuerza auxiliar de una magnitud determinada. Estas últimas contiendas pertenecen a las guerras ordinarias.
Se sigue, pues, por regla general, que las guerras dobles deben evitarse si es posible, y que, si dos Estados dan motivo de guerra, es más prudente disimular o pasar por alto las ofensas sufridas por uno de ellos hasta que llegue el momento oportuno de repararlas.
La regla, sin embargo, no carece de excepción: las fuerzas respectivas, las localidades, la posibilidad de encontrar aliados para restablecer, en cierta medida, la igualdad de fuerzas entre las partes, son circunstancias que influirán en un gobierno así amenazado.
Hemos cumplido ya nuestra tarea al señalar tanto el peligro como los medios para remediarlo.