sistema de columnas apoyadas por numerosos tiradores. Además de esto, la naturaleza de los países que formaban los teatros de operaciones —los Vosgos, los Alpes, los Pirineos y el difícil territorio de La Vendée— hacía que este fuera el único sistema apropiado. ¿Cómo habría sido posible atacar los campamentos de Saorgio, Figueras y Mont-Cenis con regimientos desplegados?
En la época de Napoleón, los franceses utilizaban por lo general el sistema de columnas, ya que casi siempre eran los atacantes.
En 1807, publiqué en Glogau, en Silesia, un pequeño folleto con el título de «Resumen de los principios generales del arte de la guerra», en el que proponía adoptar para el ataque el sistema de líneas formadas por columnas de batallones por divisiones de dos compañías; en otras palabras, marchar al ataque en líneas de batallones cerrados en masa o a media distancia, precedidos por numerosos tiradores, y estando las columnas separadas por intervalos que pueden variar entre el necesario para el despliegue de un batallón y el mínimo del frente de una columna.
Lo que recientemente había visto en las campañas de Ulm, Austerlitz, Jena y Eylau me había convencido de la dificultad, por no decir la imposibilidad, de marchar con un ejército en líneas desplegadas, ya sea en dos o tres filas, para atacar a un enemigo en posición.
Fue esta convicción la que me condujo a publicar el folleto arriba mencionado. Esta obra atrajo cierta atención, no solo debido al tratado sobre estrategia, sino también a causa de lo que se decía sobre táctica.
Los éxitos obtenidos por Wellington en España y en Waterloo con tropas desplegadas en líneas de dos filas se atribuyeron generalmente al efecto mortífero del fuego de infantería, y crearon dudas en algunas mentes sobre la idoneidad del uso de pequeñas columnas; pero no fue hasta después de 1815 cuando las polémicas sobre la mejor formación para el