la mayor o menor sabiduría demostrada en el plan de la batalla, así como la manera de llevar a cabo sus detalles, la cooperación más o menos leal e ilustrada de los oficiales subordinados al comandante en jefe, la causa de la contienda, las proporciones y calidad de las tropas, su mayor o menor entusiasmo, la superioridad de un bando u otro en artillería o caballería, y la manera de manejar estas armas; pero es la moral de los ejércitos, así como de las naciones, más que cualquier otra cosa, lo que hace que las victorias y sus resultados sean decisivos.
Clausewitz comete un grave error al afirmar que una batalla que no se caracterice por una maniobra para envolver al enemigo no puede dar como resultado una victoria completa.
En la batalla de Zama, Aníbal, en unas pocas horas breves, vio los frutos de veinte años de gloria y éxito desvanecerse ante sus ojos, aunque a Escipión jamás se le pasó por la cabeza envolver su posición.
En Rivoli, el grupo encargado del envolvimiento fue completamente derrotado; ni la maniobra tuvo más éxito en Stockach en 1799, ni en Austerlitz en 1805.
Como se evidencia en el Artículo XXXII., no es mi intención en modo alguno desaconsejar el uso de dicha maniobra; antes bien, soy un firme defensor de ella; pero es muy importarte saber cómo emplearla con destreza y oportunidad, y soy de la opinión, además, que si el propósito de un general es apoderarse de las comunicaciones del enemigo manteniendo al mismo tiempo las suyas propias, haría mejor en emplear combinaciones estratégicas que tácticas para lograrlo.
Hay tres clases de batallas: