Las condiciones esenciales de toda posición estratégica son que debe ser más compacta que las fuerzas opuestas, y que todas las fracciones del ejército deben disponer de medios seguros y fáciles de concentración, libres de la intervención del enemigo.
Así, para fuerzas casi iguales, todas las posiciones centrales o interiores serían preferibles a las exteriores, ya que el frente en este último caso sería necesariamente más extenso y conduciría a una peligrosa división de fuerzas.
Una gran movilidad y actividad por parte de las tropas que ocupan estas posiciones constituirá un fuerte elemento de seguridad o de superioridad sobre el enemigo, ya que hace posible una rápida concentración en puntos diferentes y sucesivos del frente.
Un ejército nunca debe ocupar durante mucho tiempo un punto estratégico sin elegir una o dos posiciones tácticas, con el fin de concentrar allí toda la fuerza disponible y presentar batalla al enemigo cuando este haya revelado sus designios.
De este modo preparó Napoleón los campos de Rivoli y Austerlitz, Wellington el de Waterloo y el archiduque Carlos el de Wagram.
Cuando un ejército acampa o entra en cuarteles de invierno, el general debe cuidar de que el frente no se extienda demasiado. Una disposición que podría llamarse el cuadrado estratégico parece la mejor, presentando tres frentes casi iguales, de modo que la distancia que deba recorrerse sea aproximadamente la misma para todas las divisiones al concentrarse en el centro común para recibir un ataque.
Toda línea estratégica de defensa debe poseer siempre un punto táctico sobre el cual reagruparse para la defensa en caso de que el enemigo cruce