He visto emplearse dos métodos muy diferentes en esta rama del servicio.
El primero, que puede calificarse de la vieja escuela, consiste en dictar diariamente, para regular los movimientos del ejército, instrucciones generales repletas de pormenores minuciosos y algo pedantes, tanto más fuera de lugar cuanto que suelen ir dirigidas a los jefes de cuerpo, de quienes se supone que poseen la experiencia suficiente para no necesitar el mismo género de instrucción que se le daría a un oficial subalterno recién salido de la academia.
El otro método es el de las órdenes separadas dadas por Napoleón a sus mariscales, prescribiendo a cada uno simplemente lo que le concierne, e informándole únicamente de qué cuerpos debían operar con él, ya sea a la derecha o a la izquierda, pero sin señalar jamás la conexión de las operaciones de todo el ejército.3
Tengo buenas razones para saber que hacía esto deliberadamente, ya sea para rodear sus operaciones de un aire de misterio, o por miedo a que órdenes más específicas cayeran en manos del enemigo y le ayudaran a frustrar sus planes.
Ciertamente es de gran importancia para un general mantener sus planes en secreto, y Federico el Grande tenía razón cuando decía que si su gorro de dormir supiera lo que había en su cabeza, lo arrojaría al fuego.
Ese tipo de secreto era practicable en la época de Federico, cuando todo su ejército se mantenía estrechamente a su alrededor; pero cuando se ejecutan maniobras de la vastedad de las de Napoleón, y la guerra se libra como en nuestros días, ¿qué unidad de acción puede esperarse de generales que ignoran por completo lo que ocurre a su alrededor?
De los dos sistemas, el último me parece preferible. Puede adoptarse un término medio juicioso entre la concisión excéntrica de Napoleón y la minutiosa verbosidad que dictaba a generales experimentados como