Después de una comparación entre las marchas y los campamentos de la Guerra de los Siete Años y los de la guerra de las siete semanas —como llamó Napoleón a la campaña de 1806—, o con los de los tres meses transcurridos desde la salida del ejército de Boulogne en 1805 hasta su llegada a las llanuras de Moravia, el lector podrá decidir fácilmente sobre los méritos relativos de ambos sistemas.
El sistema de Napoleón era marchar veinticinco millas al día, luchar y luego acampar en silencio. Me dijo que no conocía otro método para hacer la guerra que este.
Se puede decir que el carácter aventurero de este gran hombre, su situación personal y el tono del espíritu francés, concurrieron a impulsarlo hacia empresas que ninguna otra persona, ya hubiera nacido en un trono o fuera un general bajo las órdenes de su gobierno, se habría atrevido jamás a adoptar.
Esto es probablemente cierto; pero entre los extremos de las invasiones muy distantes y las guerras de posición hay un justo medio, y, sin imitar su impetuosa audacia, podemos seguir la línea que él ha trazado.
Es probable que el viejo sistema de guerras de posición sea proscrito por mucho tiempo, o que, si se adopta, sea muy modificado y mejorado.
Si el arte de la guerra se amplía con la adopción del sistema de marchas, la humanidad, por el contrario, pierde con él; pues estas incursiones rápidas y los vivacs de masas considerables, que se alimentan de las regiones que invaden, no se diferencian sustancialmente de las devastaciones de las hordas bárbaras entre los siglos cuarto y decimotercero. Aun así, no es probable que se renuncie pronto a este sistema; pues una gran verdad ha sido demostrada por las guerras de Napoleón, a saber: que la lejanía no es una salvaguardia segura contra la invasión; que un Estado,