Los partisanos que son enviados a merodear por las líneas de operaciones del enemigo pueden, sin duda, averiguar algo sobre sus movimientos; pero es casi imposible comunicarse con ellos y recibir la información que poseen.
Un sistema extenso de espionaje suele dar buenos resultados: sin embargo, le es difícil a un espía penetrar hasta el gabinete del general y conocer los planes secretos que este pueda concebir; por tanto, lo mejor para él es limitarse a informar sobre lo que ve con sus propios ojos o escucha de personas fidedignas.
Aun cuando el general recibe información sobre movimientos por parte de sus espías, sigue sin saber nada de aquellos que puedan haber tenido lugar desde entonces, ni de lo que el enemigo va a intentar en definitiva.
Supongamos, por ejemplo, que se entera de que un cuerpo de ejército ha pasado por Jena hacia Weimar, y que otro ha pasado por Gera hacia Naumburg: todavía debe plantearse las preguntas: ¿A dónde van y en qué empresa participan? Estas cosas ni el espía más hábil puede averiguarlas.
Cuando los ejércitos acampaban en tiendas y en una sola masa, la información sobre las operaciones del enemigo era segura, porque se podían enviar partidas de reconocimiento a la vista de los campamentos y los espías podían informar con exactitud sobre sus movimientos; pero con la organización actual en cuerpos de ejército, que o bien se acantonan o bien bivaccan, resulta muy difícil averiguar nada acerca de ellos. Sin embargo, los espías pueden ser muy útiles cuando el ejército hostil está mandado por un gran capitán o un gran soberano que siempre se desplaza con la masa de sus tropas o con las reservas. Tales fueron, por ejemplo, los emperadores Alejandro y Napoleón. Si se sabía cuándo se desplazaban y qué ruta seguían, no era difícil deducir qué proyecto