- Que, a pesar de las mejoras en las armas de fuego, dos ejércitos en una batalla no se pasarán el día disparándose mutuamente desde la distancia: siempre será necesario que uno de ellos avance al ataque del otro.
- Que, siendo necesario este avance, el éxito dependerá, como antes, de las maniobras más hábiles según los principios de la gran táctica, los cuales consisten en esto, a saber:
en saber dirigir la gran masa de tropas en el momento oportuno hacia el punto decisivo del campo de batalla, y en emplear para este fin la acción simultánea de las tres armas.
- Que sería difícil añadir mucho a lo que se ha dicho sobre este tema en los capítulos IV y V; y que sería irrazonable definir mediante reglamento un sistema absoluto de formación para el combate.
- Que esa victoria puede esperarse con mucha certeza por parte del bando que toma la iniciativa cuando el general al mando posee el talento de llevar a sus tropas a la acción en buen orden y de atacar audazmente al enemigo, adoptando el sistema de formación que mejor se adapte al terreno, al espíritu y calidad de sus tropas, y a su propio carácter.
Finalmente, pondré fin a este artículo con la siguiente observación:
Que la guerra, lejos de ser una ciencia exacta, es un drama terrible y apasionado, regido, es verdad, por tres o cuatro principios generales, pero que también depende en sus resultados de una serie de complicaciones morales y físicas.
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