estarían sobre el Vístula o el Niemen, y podría ofrecer un nuevo ejemplo de la triste suerte de muchas de estas grandes invasiones.
A pesar de la importante diferencia entre una guerra en la que un Estado es meramente un auxiliar y una invasión distante emprendida por su propio interés y con sus propios recursos, existen, sin embargo, peligros en el camino de estos ejércitos auxiliares, y perplejidad para el comandante de todos los ejércitos —en particular si pertenece al Estado que no es parte principal—, como puede aprenderse de la campaña de 1805.
El general Kutúzov avanzó por el Inn hasta las fronteras de Baviera con treinta mil rusos para efectuar su unión con Mack, cuyo ejército entretanto había sido destruido, a excepción de los dieciocho mil hombres conducidos de regreso desde Donauwerth por Kienmayer. El general ruso se vio así con cincuenta mil hombres expuestos a la impetuosa actividad de Napoleón con ciento cincuenta mil y, para colmo de desgracia, se encontraba separado de sus propias fronteras por una distancia de unas setecientas cincuenta millas.
Su posición habría sido desesperada si no hubiesen llegado cincuenta mil hombres para reforzarlo. La batalla de Austerlitz —debida a un error de Weyrother— puso en peligro de nuevo al ejército ruso, dado que se hallaba tan lejos de su base. Casi se convirtió en la víctima de una alianza distante; y solo la paz le dio la oportunidad de regresar a su propio país.
La suerte de Suvórov después de la victoria de Novi, especialmente en la expedición a Suiza, y la del cuerpo de Hermann en Bergen, Holanda, son ejemplos que todo comandante debería estudiar bien en tales circunstancias. La posición del general Benningsen en 1807 era menos desventajosa porque, al encontrarse entre el Vistula y el Niemen, sus comunicaciones con su base estaban aseguradas y sus operaciones no dependían en ningún aspecto de sus aliados.