en acción; y debe tomar en consideración las probables alianzas que puedan obtenerse a favor o en contra de cualquiera de las partes durante la
- La condición financiera de una nación debe sopesarse entre las probabilidades de una guerra. Aun así, sería peligroso atribuir constantemente a esta condición la importancia que le concedía Federico el Grande en la historia de su época. Probablemente tenía razón en su tiempo, cuando los ejércitos se reclutaban principalmente mediante enganche voluntario, cuando el último escudo traía al último soldado; pero cuando las levas nacionales están bien organizadas, el dinero ya no ejercerá la misma influencia, al menos durante una o dos campañas.
Si Inglaterra ha demostrado que el dinero procura soldados y auxiliares, Francia ha demostrado que el amor a la patria y el honor son igualmente productivos, y que, en caso necesario, la guerra puede mantenerse a sí misma. Francia, en verdad, en la fertilidad de su suelo y el entusiasmo de sus líderes, poseía fuentes de poder temporal que no pueden adoptarse como base general de un sistema; pero los resultados de sus esfuerzos no fueron menos llamativos. Cada año, los numerosos informes del gabinete de Londres, y en particular de M. d'Yvernois, anunciaban que Francia estaba a punto de venirse abajo por falta de dinero, mientras Napoleón tenía 200.000.000 de francos2 en las bóvedas de las Tullerías, haciendo frente al mismo tiempo a los gastos del gobierno, incluida la paga de sus ejércitos.
Una potencia puede rebosar de oro y aun así defenderse muy mal. La historia, en efecto, demuestra que la nación más rica no es ni la más fuerte ni la más feliz. El hierro pesa al menos tanto como el oro en la balanza de la fuerza militar. Aun así, debemos admitir que una feliz combinación de sabias instituciones militares, de patriotismo, de finanzas bien reguladas, de