obstáculos del país enemigo —las montañas, los ríos, los desfiladeros y las fortalezas— son favorables para la defensa, mientras que los habitantes y las autoridades del país, lejos de ser los instrumentos del ejército invasor, suelen ser hostiles. Sin embargo, si se obtiene el éxito, se golpea al enemigo en un punto vital: se le priva de sus recursos y se le obliga a buscar una pronta conclusión de la contienda.
Para una sola operación, a la que hemos llamado tomar la iniciativa, la ofensiva es casi siempre ventajosa, particularmente en estrategia.
En efecto, si el arte de la guerra consiste en arrojar las masas sobre los puntos decisivos, para lograrlo será necesario tomar la iniciativa. El partido atacante sabe lo que hace y lo que desea hacer; conduce sus masas al punto donde desea golpear.
Aquel que aguarda el ataque es anticipado en todas partes: el enemigo cae con gran fuerza sobre fracciones de sus fuerzas: no sabe ni dónde se propone atacarle su adversario ni de qué manera repelerlo.
Tácticamente, la ofensiva también posee ventajas, pero son menos positivas, ya que, al desarrollarse las operaciones en un terreno limitado, la parte que toma la iniciativa no puede ocultarlas al enemigo, el cual puede descubrir sus designios y, con la ayuda de buenas reservas, hacerlos fracasar.
La fuerza atacante sufre las desventajas derivadas de los obstáculos que debe cruzar antes de llegar a la línea enemiga; por lo cual las ventajas y desventajas de la ofensiva táctica están aproximadamente equilibradas.
Cualesquiera que sean las ventajas que quepa esperar, ya sea política o estratégicamente, de la ofensiva, puede no ser posible mantenerla exclusivamente durante toda la guerra; pues una campaña ofensiva al principio puede volverse defensiva antes de terminar.