Estas consideraciones llevan a creer que si el general y las tropas del ejército defensivo son igualmente activos en el desempeño de su deber y conservan su presencia de ánimo, si sus flancos y su línea de retirada no están amenazados, la ventaja estará por lo general de su lado en el segundo choque de la batalla; pero para asegurar ese resultado, su segunda línea y la caballería deben lanzarse contra los batallones victoriosos del adversario en el instante oportuno; pues la pérdida de unos pocos minutos puede ser irreparable, y la segunda línea puede verse arrastrada a la confusión de la primera.
- De los hechos precedentes se puede deducir la siguiente verdad:
«que el más difícil, así como el más seguro de todos los medios que el atacante puede emplear para obtener la victoria consiste en apoyar firmemente la primera línea con las tropas de la segunda línea, y estas con la reserva, y en un empleo adecuado de masas de caballería y de baterías, para contribuir a dar el golpe decisivo en la segunda línea del enemigo; pues aquí se presenta el mayor de todos los problemas de la táctica de las batallas».
En esta importante crisis de batallas, la teoría se convierte en una guía incierta; pues entonces resulta inadecuada para la emergencia, y jamás podrá compararse en valor con el talento natural para la guerra, ni ser un sustituto suficiente de ese coup-d'œil intuitivo que la experiencia en los combates confiere a un general de probada valentía y sangre fría.
El empleo simultáneo del mayor número de tropas de todas las armas combinadas, a excepción de una pequeña reserva de cada una que deba guardarse siempre en la mano,3 será, por lo tanto, el problema que todo