las fuerzas bien en la mano y listas para actuar en el momento oportuno, teniendo cuidado, sin embargo, de evitar el peligro de acumular tropas en masas demasiado grandes. Un comandante que observe estas precauciónes estará siempre preparado para cualquier cosa que pueda suceder. Si el general opuesto muestra poca habilidad y parece inclinado a entregarse a movimientos extendidos, su adversario podrá ser más atrevido.
Unos pocos ejemplos tomados de la historia servirán para convencer al lector de la verdad de mis afirmaciones, y para mostrarle cómo los resultados de estos prolongados movimientos dependen de los caracteres de los generales y de los ejércitos implicados en ellos.
En la guerra de los Siete Años, Federico ganó la batalla de Praga porque los austriacos habían dejado un intervalo débilmente defendido de mil yardas entre su ala derecha y el resto de su ejército; esta última parte permaneció inmóvil mientras el ala derecha era arrollada.
Esta inacción fue tanto más extraordinaria cuanto que la izquierda de los austriacos tenía que recorrer una distancia mucho más corta para apoyar a su derecha que la que tenía que recorrer Federico para atacarla; pues la derecha tenía forma de gancho, y Federico se vio obligado a avanzar por el arco de un gran semicircunferencia para alcanzarla.
Por otro lado, Federico estuvo a punto de perder la batalla de Torgau, porque hizo con su izquierda un movimiento demasiado extendido y desconectado (casi seis millas) con la mira de envolver la derecha del mariscal Daun.⟭fn:fn_5dbefccca1d5:1⟭
Mollendorf acudió con la derecha mediante un movimiento concéntrico a las alturas de Siptitz, donde se reunió con el rey, cuya línea quedó así rehecha.
La batalla de Rivoli es un conocido ejemplo pertinente. Todos los que están familiarizados con esa batalla saben que Alvinzi y su jefe de estado