concebir una mejor para la forma en que se hacía la guerra en aquellos días.
Los franceses intentaron algo nuevo en Minden al formar tantas columnas como brigadas y abrir caminos para llevarlas al frente en línea, una absoluta imposibilidad.
Si el trabajo de los oficiales de Estado Mayor disminuía con este método de acampar y marchar por columnas, debe ser evidente que, si tal sistema se aplicara a un ejército de cien mil o ciento cincuenta mil hombres, las columnas no tendrían fin y el resultado sería la frecuente ocurrencia de desbandadas como la de Rossbach.
La Revolución Francesa introdujo el sistema de divisiones, que rompió la compacidad excesiva de la antigua formación y aportó al campo fracciones capaces de un movimiento independiente en cualquier tipo de terreno. Este cambio supuso una verdadera mejora —aunque se pasó de un extremo al otro, al regresar casi a la formación legionaria de los romanos—. Estas divisiones, compuestas habitualmente por infantería, artillería y caballería, maniobraban y combatían por separado. Estaban muy extendidas, ya fuera para permitirles subsistir sin el uso de depósitos, o con la absurda expectativa de prolongar la línea para flanquear la del enemigo. A veces se veía a las siete u ocho divisiones de un ejército marchar por un número igual de caminos, a diez o doce millas de distancia unas de otras; el cuartel general se encontraba en el centro, sin más apoyo que cinco o seis pequeños regimientos de caballería de trescientos o cuatrocientos hombres cada uno, de modo que si el enemigo concentraba la masa de sus fuerzas contra una de estas divisiones y la vencía, la línea quedaba rota y el general en jefe, al no disponer de una reserva de infantería, no podía