de conducirla al ataque en líneas desplegadas. Pero, si hay un retorno general al sistema desplegado, debe idearse alguna disposición mejor para marchar al ataque que líneas largas y continuas, y o bien deben usarse columnas con las distancias adecuadas para el despliegue al llegar cerca de la posición del enemigo, o líneas formadas al tresbolillo, o la marcha debe hacerse por los flancos de las compañías —maniobras todas ellas que son arriesgadas en presencia de un enemigo que sea capaz de aprovechar las ventajas de su parte—. Un comandante hábil utilizará cualquiera de estas disposiciones, o una combinación de todas ellas, según las circunstancias.
La experiencia me enseñó hace mucho tiempo que uno de los problemas tácticos más difíciles es el de determinar la mejor formación de las tropas para el combate; pero también he aprendido que resolver este problema mediante el uso de un solo método es una imposibilidad.
En primer lugar, la topografía de los diferentes países es muy variada. En algunos, como Champaña, se podrían maniobrar doscientos mil hombres en líneas desplegadas. En otros, como