Descensos.
Estas operaciones son de rara ocurrencia, y pueden clasificarse entre las más difíciles de la guerra cuando se efectúan en presencia de un enemigo bien preparado.
Desde la invención de la pólvora y los cambios efectuados por ella en las armadas, los transportes se encuentran tan indefensos ante los monstruosos navíos de tres cubiertas de la actualidad, armados como están con un centenar de cañones, que un ejército solo puede efectuar un desembarco con la asistencia de una numerosa flota de buques de guerra que pueda dominar el mar, al menos hasta que tenga lugar el desembarco del ejército.
Antes de la invención de la pólvora, los transportes eran también naves de guerra; se desplazaban a voluntad mediante el uso de remos, eran ligeros y podían bordear las costas; su número era proporcional al de las tropas que debían embarcarse; y, aparte del peligro de las tempestades, las operaciones de una flota podían organizarse con casi tanta certeza como las de un ejército en tierra.
La historia antigua, por estas razones, nos ofrece ejemplos de desembarcos más numerosos que los tiempos modernos.
¿Quién no recuerda las inmensas fuerzas transportadas por los persas sobre el mar Negro, el Bósforo y el Archipiélago, las innumerables huestes desembarcadas en Grecia por Jerjes y Darío, las grandes expediciones de los cartagineses y romanos a España y Sicilia, la de Alejandro a Asia Menor, las de César a Inglaterra y África, la de Germánico a las desembocaduras del Elba, las Cruzadas, las expediciones de los normandos a Inglaterra, a Francia y aun a Italia?