La coraza es la mejor armadura defensiva. La lanza y la coraza de cuero fuerte doblado me parecen el mejor armamento para la caballería ligera, el sable y la coraza de hierro, el mejor para la pesada. Algunos militares de experiencia se inclinan incluso por armar a los coraceros con lanzas, creyendo que dicha caballería, asemejándose mucho a los hombres de armas de antaño, arrasaría con todo a su paso. Una lanza ciertamente les vendría mejor que el mosquetón; y no veo por qué no habrían de llevar lanzas como las de la caballería ligera.
Las opiniones estarán siempre divididas respecto a esos animales anfibios llamados dragones. Ciertamente es una ventaja contar con varios batallones de infantería montada que puedan adelantarse al enemigo en un desfiladero, defenderlo en retirada o peinar un bosque; pero convertir a soldados de infantería en caballería, o lograr un soldado que sea igualmente bueno a caballo o a pie, es muy difícil. Esto podría haberse dado por sentado debido a la suerte de los dragones franceses al combatir a pie, de no haberse visto que la caballería turca combate tan bien desmontada como montada.
Se ha dicho que el mayor inconveniente derivado del uso de los dragones consiste en el hecho de verse obligado en un momento a hacerles creer que los cuadros de infantería no pueden resistir sus cargas, y al momento siguiente que un infante armado con su mosquete es superior a cualquier jinete del mundo. Este argumento tiene más plausibilidad que fuerza real; pues, en lugar de intentar hacer creer a los hombres afirmaciones tan contradictorias, sería mucho más razonable decirles que si la caballería valiente puede romper un cuadro, la infantería valiente puede resistir tal carga; que la victoria no depende siempre de la superioridad del arma, sino de otras mil cosas; que el valor de las tropas, la presencia de ánimo de los comandantes, la oportunidad de las maniobras, el efecto de la artillería y del fuego de fusilería, la lluvia, —el barro, incluso—, han sido las causas de los reveses o de las victorias; y, por último, que un hombre valiente, ya sea a pie o a caballo, siempre valdrá más que un cobarde.