invención de la pólvora; pues si Enrique V tenía cañones en Azincourt, como afirman algunos escritores, ciertamente no se utilizaron en la guerra naval. A partir de ese momento, todas las combinaciones de los armamentos navales cambiaron por completo; y esta revolución se produjo —si se me permite la expresión— en la época en que la invención de la brújula marina y el descubrimiento de América y del cabo de Buena Esperanza estaban a punto de desviar el comercio marítimo mundial hacia nuevos cauces y de establecer un sistema completamente nuevo de dependencias coloniales.
No mencionaré en detalle las expediciones de los españoles a América, ni las de los portugueses, holandeses e ingleses a la India doblando el cabo de Buena Esperanza. A pesar de su gran influencia sobre el comercio del mundo —a pesar del genio de Gama, Albuquerque y Cortés—, estas expediciones, emprendidas por pequeños cuerpos de dos o tres mil hombres contra tribus que no sabían nada de