índole política o religiosa, por ejemplo, o de un gran amor a la patria—; mientras que el segundo, dependiente de la habilidad del comandante y resultante de las instituciones militares, es más permanente y depende menos de las circunstancias, y debe ser el objeto de la atención de todo gobierno providente.2 El valor debe ser recompensado y honrado, los diferentes grados de jerarquía respetados, y la disciplina debe existir en los sentimientos y convicciones más que en las formas externas únicamente.
Los oficiales deben sentir la convicción de que la abnegación, la valentía y el fiel cumplimiento del deber son virtudes sin las cuales no hay gloria posible ni ejército respetable, y que la firmeza en medio de los reveses es más honorable que el entusiasmo en el éxito; puesto que para tomar una posición por asalto solo se necesita valor, mientras que se requiere heroísmo para realizar una retirada difícil ante un enemigo victorioso y emprendedor, oponiéndole siempre un frente firme e inconmovible.
Una buena retirada debe ser recompensada de igual manera que una gran victoria.
Acostumbrando a los ejércitos al trabajo y a la fatiga, impidiendo que se estanquen en las guarniciones en tiempos de paz, inculcándoles su superioridad sobre sus enemigos sin demeritar demasiado a estos últimos, inspirándoles el amor por las grandes hazañas; en una palabra, excitando su entusiasmo por todos los medios acordes con su forma de pensar, honrando el valor, castigando la debilidad y deshonrando la cobardía, podemos esperar mantener un elevado espíritu militar.
La afeminación fue la causa principal de la ruina de las legiones romanas: aquellos soldados formidables, que habían llevado el casco, el escudo y la coraza en tiempos de los Escipiones bajo el sol abrasador de África, los encontraron demasiado pesados en los climas frescos de Germania y de la Galia; y entonces el imperio se perdió.