He observado que no es bueno inspirar un desprecio demasiado grande hacia el enemigo, no sea que el moral del soldado se vea afectado si encuentra una resistencia obstinada. Napoleón en Jena, dirigiéndose a las tropas de Lannes, elogió a la caballería prusiana, pero prometió que lucharían en vano contra las bayonetas de sus egipcios.
Se debe advertir a los oficiales y a las tropas contra esos pánicos repentinos que a menudo se apoderan de los ejércitos más bravos cuando no están bien controlados por la disciplina y, por consiguiente, cuando no reconocen que en el orden reside la esperanza más segura de salvación.
No fue por falta de valor que cien mil turcos fueron vencidos en Peterwardein por el príncipe Eugenio, y en Kagoul por Romanzoff: fue porque, una vez repelidos en sus cargas desordenadas, cada uno cedió a sus sentimientos personales, y porque luchaban individualmente, pero no en masa y en orden.
Un ejército presa del pánico se encuentra de igual modo en un estado de desmoralización; porque una vez introducido el desorden, toda acción concertada por parte de los individuos se vuelve imposible, la voz de los oficiales ya no puede ser escuchada, no se puede ejecutar ninguna maniobra para reanudar la batalla, y no queda más recurso que la huida ignominiosa.
Las naciones con imaginaciones poderosas son particularmente propensas al pánico; y nada que no sean instituciones fuertes y líderes hábiles puede remediarlo. Incluso los franceses, cuyas virtudes militares —cuando son bien dirigidos— jamás se han cuestionado, han protagonizado a menudo rápidos movimientos de este género que resultaron de lo más ridículos. Podemos mencionar el bochornoso pánico que cundió entre la infantería del mariscal Villars tras haber ganado la batalla de Friedlingen, en 1704.