En cada uno de estos casos, Napoleón poseía la capacidad de hacer tales disposiciones que sus columnas, partiendo de puntos muy separados, se concentraban con maravillosa precisión en el punto decisivo de la zona de operaciones; y de este modo aseguraba el éxito de la campaña.
La elección del punto decisivo fue el resultado de una hábil aplicación de los principios de la estrategia; y las disposiciones para mover las tropas nos ofrecen un ejemplo de logística originado en su propio gabinete.
Se ha afirmado durante mucho tiempo que Berthier redactaba aquellas instrucciones que fueron concebidas con tanta precisión y transmitidas habitualmente con tanta claridad; pero he tenido frecuentes oportunidades de saber que tal no era la verdad. El emperador era su propio jefe de Estado Mayor.
Provisto de un compás abierto a una distancia, según la escala, de diecisiete a veinte millas en línea recta (lo que equivalía a entre veintidós y veinticinco millas, teniendo en cuenta las sinuosidades de los caminos), inclinado sobre su mapa —y a veces estirado a todo lo largo sobre este—, en el que las posiciones de su cuerpo de ejército y las supuestas posiciones del enemigo estaban señaladas con alfileres de diferentes colores, era capaz de dar órdenes para movimientos de gran envergadura con una seguridad y precisión que resultaban asombrosas.
Haciendo girar su compás de un punto a otro sobre el mapa, decidió en un momento el número de marchas necesarias para que cada una de sus columnas llegara al punto deseado en un día determinado; luego, colocando alfileres en las nuevas posiciones, y teniendo en cuenta el ritmo de marcha que debía asignar a cada columna y la hora de su partida, dictó aquellas instrucciones que por sí solas bastan para hacer famoso a cualquier hombre.
Ney, que venía de las orillas del lago de Constanza; Lannes, de la Alta Suabia; Soult y Davoust, de Baviera y el Palatinado; Bernadotte y