difunto señor Strutt y, sobre todo, del señor Sharon Turner—, una pluma más hábil habría tenido éxito; y por lo tanto protesto, de antemano, contra cualquier argumento que pueda fundarse en el fracaso del presente experimento.
Por otra parte, ya he dicho que, si pudiera trazarse algo parecido a un retrato fiel de las antiguas costumbres inglesas, confiaría en la buena voluntad y el buen juicio de mis compatriotas para garantizar su acogida favorable.
Habiendo respondido de este modo, según mi leal saber y entender, a la primera clase de sus objeciones, o al menos habiendo demostrado mi resolución de saltar por encima de las barreras que su prudencia ha levantado, seré breve al referirme a lo que me es más propio.
Le parece a usted que el propio oficio de un anticuario, empleado en investigaciones serias y, como el vulgo a veces suele alegar, laboriosas y minuciosas, debe considerarse como algo que le incapacita para componer con éxito un cuento de esta índole.
Pero permítame decirle, mi querido doctor, que esta objeción es más formal que sustancial.
- Es verdad que tales composiciones ligeras podrían no convenir al genio más severo de nuestro amigo el señor Oldbuck.
- Sin embargo, Horace Walpole escribió un cuento de aparecidos que ha hecho estremecer a muchos pechos; y George Ellis supo trasladar toda la juguetona fascinación de un humor tan delicioso como poco común a su Extracto de los antiguos romances métricos.
De modo que, por más que tenga ocasión de arrepentirme de mi actual audacia, cuento al menos con los precedentes más respetables a mi favor.
Aun así, el antiquario más riguroso podrá pensar que, al mezclar de este modo la ficción con la verdad, estoy contaminando la fuente de la