En aras de la justicia, por tanto, hacia la multitud que, confío, devorará este libro con avidez, he explicado en tal medida nuestras antiguas costumbres en lenguaje moderno, y he detallado de tal modo los caracteres y sentimientos de mis personajes, que el lector moderno no se verá, según espero, demasiado obstaculizado por la repulsiva sequedad de la mera antigüedad.
En esto, sostengo respetuosamente, no he rebasado en ningún aspecto la justa licencia que corresponde al autor de una composición ficticia. El difunto e ingenioso señor Strutt, en su novela de Queen-Hoo-Hall, obró bajo otro principio; y al distinguir entre lo que era antiguo y moderno, olvidó, según me parece, ese amplio terreno neutral, la gran proporción, es decir, de costumbres y sentimientos que nos son comunes a nosotros y a nuestros antepasados, al habernos sido transmitidos inalterados de ellos a nosotros, o que, surgiendo de los principios de nuestra naturaleza común, debieron de existir por igual en uno y otro estado de sociedad.
De este modo, un hombre de talento y de gran erudición anticuaria limitó la popularidad de su obra al excluir de ella todo lo que no fuera lo suficientemente obsoleto como para resultar por completo olvidado e ininteligible.
La licencia que aquí quiero vindicar es tan necesaria para la ejecución de mi plan, que os pediré paciencia mientras ilustro un poco más mi argumento.
El que abre por primera vez a Chaucer, o a cualquier otro poeta antiguo, queda tan impresionado por la ortografía arcaica, las consonantes multiplicadas y el aspecto envejecido del idioma, que es propenso a dejar la obra a un lado con desesperación, por considerarla demasiado incrustada en el óxido de la antigüedad como para permitirle juzgar sus méritos o saborear sus bellezas. Pero si un amigo inteligente y culto le señala que las dificultades que le sobresaltan son más de apariencia que de realidad, si, leyéndole en voz