Roderigo
¡Con él! Pues bien, no es posible.
Iago
Pon así tu dedo, y deja que tu alma sea instruida. Repara en con cuánta violencia amó ella primero al moro, y todo por fanfarronear y contarle mentiras extravagantes; ¿y le seguirá amando por charlatán? Que tu discreto corazón no lo piense. Su ojo debe ser alimentado; ¿y qué deleite tendrá en mirar al diablo? Cuando la sangre se entumece con el acto del juego, debería haber, de nuevo para inflamarla y dar a la saciedad un fresco apetito, hermosura en el rostro, afinidad en los años, costumbres y bellezas; de todo lo cual carece el moro: ahora bien, a falta de estas conveniencias requeridas, su delicada finura se hallará ultrajada, empezará a rebelársele el estómago, a desgustar y aborrecer al moro; la propia naturaleza se lo enseñará y la compelerá a alguna segunda elección. Ahora bien, señor, concedido esto —pues es una premisa de lo más evidente y espontánea—, ¿quién se halla tan eminente en el grado de esta fortuna como lo está Casio? ¿Un bribón muy locuaz; sin más conciencia que la de revestir la mera forma de apariencia civil y humana, para mejor lograr su lasciva y muy oculta inclinación disoluta? ¡Pues ninguno; pues ninguno: un bribón escurridizo y sutil, un buscador de ocasiones, que tiene un ojo capaz de acuñar y falsificar ventajas, aunque la verdadera ventaja jamás se presente; un bribón diabólico. Además, el bribón es apuesto, joven y posee todos aquellos requisitos que la insensatez y las mentes inmaduras buscan: un bribón pestilencialmente cabal; y la mujer ya lo ha descubierto.