El veintiséis del undécimo mes del primer año de Genji (25 de diciembre de 1864), los seguidores del daimyō de Kaga, que se habían dedicado a la salvaguarda de Kioto, se zarparon bajo la dirección de Chō Osumi-no-kami, desde la desembocadura del Ajikawa en Osaka, para tomar parte en el inminente castigo de Chōshū.
Había dos subjefes, Tsukuda Kyudayu y Yamagishi Sanjurō, y se izaron estandartes blancos en los botes de Tsukuda y rojos en los de Yamagishi.
La historia registra que fue una escena sumamente valiente cuando sus embarcaciones Kompira, cada una con una capacidad de carga de 500 koku, abandonaron el estuario hacia alta mar, con todas sus banderas rojas y blancas ondeando al viento.
Pero los hombres de las barcas no se sentían para nada heroicos.
En primer lugar, cada barca iba cargada con treinta y cuatro miembros del grupo y cuatro marineros, un total de treinta y ocho hombres. Por lo cual, iban tan apiñados que el movimiento libre era imposible.
Además, en el centro de cada embarcación había tantas tinas de lochas llenas de rábanos encurtidos que casi no quedaba lugar donde pisar. Hasta que se acostumbraron, el mal olor de aquellas cosas llenaba a cada hombre que lo respiraba de una repentina náusea.
Finalmente, como era el final del undécimo mes del viejo calendario (diciembre), el viento que soplaba en el mar era tan frío que parecía cortarles la carne. Especialmente cuando se ponía el sol, entre los vientos que bajaban del monte Maya y el frío del mar, a la mayoría, incluso de aquellos jóvenes samuráis del norte, les castañeteaban los dientes.
Además, en los botes abundaban los piojos. Y no eran la clase sencilla de piojos que se esconden en las costuras de las prendas.
Infestaban las velas. Infestaban los mástiles. Infestaban las áncoras.
Para exagerar un poco, era difícil saber si los botes eran para los hombres o para los piojos.
Por supuesto, en semejante plaga, decenas de estos parásitos bullían sobre sus ropas. Y cada vez que rozaban siquiera la piel de un hombre, se regocijaban al instante y arremetían hasta hacerlo hormiguear.
De haber habido tan solo unos cinco o diez bichos, de algún modo u otro se habrían podido mantener bajo control, pero dado que, como ya se ha dicho, eran tantos que parecían una rociada de sésamo blanco, no había esperanza posible de deshacerse de ellos.
Por eso, tanto en el grupo de Tsukuda como en el de Yamagishi, los cuerpos de todos los samuráis en los botes se hincharon de picaduras rojas por todas partes, en el pecho y el abdomen y en todos lados, exactamente como si tuvieran sarampión.
Pero por imposible que fuera dominar a los piojos, era aún más imposible dejarlos seguir en paz.
De modo que la gente de los botes empleaba su tiempo libre en la caza. Todos ellos, desde los principales sirvientes hasta los porteadores de sandalias, se desnudaban y deambulaban, cada uno con una taza de té, recogiendo los omnipresentes piojos y echándolos dentro.
Si uno imaginara a unos treinta samuráis, cada uno vestido apenas con un taparrabos, con su taza de té en la mano, buscando con todas sus fuerzas aquí y allá bajo el cordaje y debajo del ancla en cada bote de Kompira con las velas iluminadas por el sol de invierno del mar Interior, cualquier hombre de hoy en día lo tomaría de inmediato como una gran broma, pero no era menos cierto antes de la Restauración de lo que lo es ahora que, ante la necesidad, todo se vuelve serio.
Así, aquellos botes llenos de samuráis desnudos, cada uno parecido a un gran piojo, soportaban el frío y andaban pacientemente día tras día triturando con diligencia los piojos sobre las cubiertas.