Mientras Narihiro fumaba como de costumbre en una habitación del palacio, una de las puertas doradas con la imagen de Seiōbo pintada en ella se abrió silenciosamente y un asistente ataviado con un kimono oscuro de seda kihachijō y un haori negro con cresta se arrastró reverentemente a su presencia. Como no levantaba el rostro, aún no se evindenciaba quién era. Narihiro, pensando que el hombre había venido por algún asunto, dio unos golpecitos a su pipa y dijo con generosidad:
“¿Qué es?”
“Este… Sōshun tiene un favor que pedirle”.
Diciendo esto, Kōchiyama hizo una pausa por un momento. Luego, a medida que continuaba, levantó lentamente la cabeza y finalmente clavó los ojos en el rostro de Narihiro. Los clavó allí como una serpiente que hechiza a su víctima, desbordando al mismo tiempo esa peculiar afabilidad que solo poseen los hombres de su calaña.
—No es más que esto, que me gustaría muchísimo que me diera esa pipa que tiene ahí en la mano.
Narihiro bajó inconscientemente los ojos hacia la pipa que tenía en la mano. Prácticamente al mismo tiempo, Kōchiyama continuó como si le siguiera el hilo,
—¿Qué me dices? ¿Me lo darás?
En las palabras de Sōshun había algo que no era simplemente un sentimiento de súplica, sino también esa sensación de prepotencia propia de la clase de los sirvientes en su trato con todos los daimyō.
En el palacio, donde la compleja ceremonia era muy tenida en cuenta, cada señor de la tierra tenía que seguir la guía de los sirvientes.
Por un lado, Narihiro se encontraba en esta desventaja. Y, por otro lado, por mor de su buena reputación, sentía que no le gustaría ser tachado de tacaño. Además, conseguir una pipa de oro puro no era para él algo difícil en absoluto.
Cuando estos dos motivos se unieron, su mano por sí misma colocó la pipa ante Kōchiyama.
—Desde luego que te lo doy. Llévalo contigo.
“Gracias.”
Sōshun tomó la pipa y, alzándola reverentemente a la altura de la cabeza, se retiró a toda prisa más allá de la puerta corrediza con la imagen de Seiōbo.
Justo cuando se disponía a marchar, alguien le tiró de la manga por la espalda. Miró a su alrededor, y allí estaba Ryōtetsu, con una sonrisa en el rostro picado de viruelas, señalando con codicia la pipa que descansaba sobre la palma de Sōshun.
—Aquí, echa un vistazo —susurró Kōchiyama, acercando la cazoleta de la pipa bajo las narices de Ryōtetsu.
—Por fin lograste que te lo dijera, ¿verdad?
“¿No te lo dije? De nada te sirve tener envidia ahora”.
“Luego iré a hacer que me dé uno”.
—Mjum, haz lo que quieras.
Kōchiyama probó el peso de la pipa una vez y luego, con una mirada hacia Narihiro más allá de la puerta corredera, volvió a encogerse de hombros y rió con burla.